21 septiembre, 2009

Una mirada feminista de Lekeitio a Pozuelo de Alarcón

IMAGINEMOS que un equipo de investigación de la Universidad Autónoma de Venus se encontrara la noche del pasado domingo -casualidades del cosmos- realizando un estudio comparativo entre los usos y costumbres de las gentes de Pozuelo de Alarcón y Lekeitio. Cuando se trata de hacer un análisis antropológico, me apasiona imaginar cuál realizarían los y las alienígenas, tratar de aprovechar la capacidad de extrañamiento de alguien que viene desde muy lejos y que no tiene por costumbre normalizar la insolencia bruta que supone siempre la violencia. El grupo investigador extraterrestre se habría encontrado con jóvenes detenidos, violencia, heridos, ataques a la policía, destrozos, insultos de fuerte contenido sexista, cargas policiales, coches y contenedores ardiendo… ¿Cómo explicaría lo ocurrido?
Si se guiara por las opiniones y teorías manejadas por especialistas terrícolas (de la calle, la academia o la política), encontraría que los gemelos alardes de violencia Lekeitio-Alarcón habrían estado motivados por el exceso de ingesta de alcohol, el "clima político", el exceso de bienestar de los jóvenes, la rebeldía frente al orden establecido, la falta de límites en la educación, la crisis, el paro, la conculcación del derecho a la autodeterminación o al ocio botellonero…
El alcalde vizcaino ligó la reyerta a la "barbarie y violencia infringida por los radicales" y "el calentamiento global que el país ha sufrido durante el verano", mientras que su homólogo madrileño atribuyó los altercados a "un grupo de energúmenos de fuera" y matizó que los disturbios fueron "un hecho aislado". De sobra sabemos que el calentamiento global poco tiene que ver con las opciones violentas de cada cuál (que son sólo suyas, libres e intransferibles) y difícilmente un hecho protagonizado por más de 200 jóvenes puede ser un hecho aislado. Algún tertuliano ha apuntado a la crisis económica como un factor fundamental para entender lo ocurrido, algo difícilmente explicable en uno de los municipios con mayor renta per cápita del estado. Un sociólogo con bigote decimonónico habla del alcohol y el señor Urra, ex Defensor del Menor o José Antonio Marina, de la importancia de que tras los graves acontecimientos se conozcan los castigos, para que otros jóvenes no se animen a hacer lo mismo.
Puede que una de las investigadoras venusinas, insatisfecha con dichas explicaciones, se preguntara: "¿Cuántas mujeres fueron detenidas? ¿Cuántas protagonizaron los actos de violencia? ¿Por qué son los hombres la inmensa mayoría de las personas que tanto en Euskadi como en Madrid son protagonistas de actos violentos? ¿Por qué más del 90% de las personas condenadas por la comisión de delitos son hombres?" Y el mayor giro epistemológico llegaría cuando se plantease: "¿Será que en el planeta Tierra las mujeres están en peligro de extinción?"
Mi objetivo con esta pequeña licencia literaria es proponer un giro feminista a nuestra mirada que nos permita reparar en lo obvio pero invisibilizado. ¿Cómo es que en ninguna tertulia se ha mencionado algo tan evidente como que en las imágenes de ambos sucesos y en la lista de detenciones apenas hay presencia femenina? ¿Y por qué no la hay? ¿Es que el domingo por la noche las mujeres pasaron de las fiestas y se quedaron en casa?
En nuestra sociedad, la legitimación de la violencia sigue perviviendo como un elemento central en la construcción de las identidades masculinas. No cabe duda que entender y tratar de explicar cualquier fenómeno social entraña una gran complejidad y no conviene simplificar, pero me da qué pensar y me genera desasosiego que ese vínculo entre virilidad y violencia se niegue, oculte o invisibilice sistemáticamente. Claro que deslegitimar la violencia a todos los niveles implicaría poner el dedo en la llaga; cuestionar la extraña, tóxica e invisible raíz patriarcal en la que se sigue sustentando nuestra realidad, tanto en el ámbito social como en la esfera más personal.
Si los sucesos de Lekeitio-Pozuelo hubieran sido protagonizados por jóvenes rumanos, subsaharianos, travestís, putas de Barcelona, sin papeles o antisistema, el diagnóstico estaría claro: "han sido los otros". Nuestros estáticos códigos culturales, nuestras encimas simplificadoras de la realidad, están cargados de prejuicios cotidianos que nos proporcionan respuestas rápidas y cómodas de ese tipo. Pero, una vez más, el problema está en el "nosotros", en lo "normal" y en "lo nuestro"; lo de toda la vida, vaya. Y esa normalidad viene estructurada en base al sexismo, y a la asignación de roles y expectativas diferenciadas a hombres y a mujeres. No podemos ni debemos escapar de este debate, ya que lo ocurrido en Lekeitio-Pozuelo tiene rostro, sesgo y protagonismo de género: es en definitiva consecuencia del modelo de masculinidad hegemónico. Y para muestra, un botón etnográfico: ¿Saben qué gritaba a los policías que trataban de refugiarse uno de los jóvenes que grabó los incidentes en Pozuelo? "Homosexuales, que sois todos unos homosexuales". Sin comentarios.
Sin embargo, el análisis de género no aparece en las versiones oficiales y es invisible en las tertulias. Así, se ignora el mínimo común denominador de ambas situaciones: jóvenes varones emplean la violencia contra las personas y las cosas. La persistencia de las violencias masculinas es un hecho constatable tanto de forma cuantitativa como cualitativa. ¿Por qué no se investiga, se nombra y se pone luz a los mecanismos que hacen que algunos hombres jóvenes opten de forma personal y colectiva por la violencia? ¿Qué falla? ¿Qué hay detrás? ¿Por qué no se generalizan las políticas de igualdad dirigidas a promover el cambio en los hombres hacia posiciones más igualitarias y pacíficas? Como escribiera Simone de Beauvoir en El segundo sexo, "la mujer no nace, se hace". Con los hombres, los jóvenes de Lekeitio y Pozuelo, ocurre lo mismo: se hacen. Ésa es la pregunta que nos deberíamos hacer: ¿Por qué nuestra sociedad sigue produciendo hombres que creen legítimo el uso de la violencia?
Todo acto de violencia, hasta el que se ejerce por motivos supuestamente nobles, precisa de un discurso legitimador: "la policía cargó", "estoy deprimido", "había bebido", "los jóvenes atacaron primero", "no hay futuro", "hace falta más mano dura". Se suele recordar a Gandhi como alternativa a esa tendencia, pero se me ocurre que quizás un antídoto mejor aún para generar relaciones pacíficas, reivindicativas y cuidadoras entre las personas sean las teorías y prácticas feministas. En dos siglos de lucha, las feministas han transformado el mundo, haciéndolo mejor, sin quemar contenedores ni derramar una sola gota de sangre.
Ritxar Bacete González
* Antropólogo y Trabajador Social. Miembro del Movimiento de Hombres por la Igualdad

22 junio, 2009

Masculinidad y Sexualidad

En el marco de la planificación de este año del grupo de hombres por la igualdad PiperTxuriak-GuindillasBlancas celebró, el pasado miércoles 10 de junio, una sesión de trabajo centrada en el tema masculinidad y sexualidad. La charla estuvo dirigida por Aingeru Mayor, sexólogo de Emeki, y tuvo lugar en el local del MOC (Bakearen Etxea).

La sesión comenzó con la aclaración de ciertos conceptos básicos generalmente mal empleados -sexo, sexualidad, erotismo, pornografía-. Posteriormente, se analizaron algunas características de la sociedad mercantilista del sexo en la que vivimos nuestra sexualidad: se impone un prototipo de mujer que no existe; se vende que no hay más sexualidad que la de la genitalidad y, más concretamente, la relación pene-vagina; se dificulta a la mujer ser sexuada y se hace creer al hombre que la única sexualidad es la de su pene erecto (sociedad falocrática); es una sociedad opresora del comportamiento y antisexualista, en la que es fácil criminalizar lo sexual; una sociedad, en suma, que no posibilita el encuentro con la sexualidad de uno mismo ni con la de los demas.

Acercarnos a nuestra sexualidad es una invitación a descubrir. La sexualidad es un potencial, un valor y también la llave para nuestro bienestar. Sin embargo, muchos hombres viven con angustia su sexualidad -el hombre no cuenta lo que ha disfrutado, no comparte- y tiene mucho miedo ante el pene no erecto.

Para escapar de todo esto, el hombre debe mejorar desde lo individual, cambiar desde lo personal. Necesita explorar más su cuerpo, buscar el placer para liberarse de formas represivas. Otra forma de escapar de esta dinámicas es potenciar el espíritu de compartir la sexualidad desde la oferta -somos seres ofertantes-.

Finalmente, mencionó tres consignas importantes a la hora de vivir la sexualidad mencionadas en primera persona –la referencia soy yo y no los demás-:

1. Yo soy lo más importante
2. No hago nada que no quiera hacer
3. No dejo de hacer nada que quiera hacer.

Lo cierto es que el tiempo voló y, aunque nos quedamos con las ganas de haber tratado más temas, tuvimos que despedir con agradecimiento a Aingeru, que debía desplazarse de vuelta a Donostia.

Eskerrik asko, Aingeru, por tu participación. Eskerrik asko también al MOC por cedernos un espacio para realizar el encuentro y a todos los compañeros del grupo que asistieron a la reunión.

13 mayo, 2009

No a la campaña sexista de Max Center

Desde Piper Txuriak - Guindillas Blancas entendemos que campañas publicitarias como la que está llevando a cabo el centro comercial Max Center lo único que logra es sostener los roles que hacen que se mantenga un modelo social basado en la discriminación.
Para que logremos una sociedad en la cual exista igualdad real para que todas las personas nos desarrollemos en libertad, el sexismo debe ser eliminado tanto de la vida pública como de la privada, es por esto que exigimos la retirada inmediata de esta campaña por parte de Max Center.